Por Diego María Llaneza*para ASARetail
Junio de 2007
“Casi todos los productos que usamos son porque nuestras familias los usaban antes, y las dos familias usaban lo mismo. No estamos interesados en cambiarlos” – dijeron Pablo y Marcela durante una entrevista realizada a fines de 2006. Ellos tienen alrededor de 30 años cada uno y viven juntos desde hace tres.
La frase representa la postura de muchas familias jóvenes de nuestro país.
Dentro de este segmento, quienes se encuentran estudiando están muy ocupados en terminar sus carreras, quienes trabajan se afanan por establecerse en sus profesiones y otros en las empresas que más les interesan. Así, dedicándole mucha ilusión, tiempo y energía a las obligaciones que estas situaciones presentan, la falta de tiempo se les hace presente, hasta transformarse en el gran rector de la vida que están llevando.
De repente se descubren demasiado pendientes de sus trabajos y ocupaciones como para cuidarse a sí mismos y a su pareja. Y ahí es cuando su formación cultural les hace sentir este “descuido” como algo negativo. Los argentinos somos, en general, muy conservadores en mas de un aspecto de nuestras vidas, y esto se refleja, también, en el alto grado de adhesión a las marcas mas conocidas.
Frecuentemente la primera consecuencia de la falta de tiempo mencionada – que no es exclusiva de las familias jóvenes sino parte del acerbo cultural y social de todos - es que estamos poco en nuestras casas y desatendemos algunas cuestiones domésticas que antes parecían absolutamente cotidianas. Así, cuando podemos decidir, evitamos en lo posible tareas que resultan engorrosas como, por ejemplo, ir al supermercado a realizar un abastecimiento semanal o quincenal.
A muchos, estos nos trae aparejado un impulso por comprar lo primero que vemos, en el primer lugar que encontramos, como para poder volver rápidamente a nuestras obligaciones. A pesar de ello, la realidad económica de la amplia mayoría de la población está signada, frecuentemente, con ingresos que no permiten este tipo de excesos.
Así es como – con o sin ganas – le dedicamos tiempo a hacer las elecciones correctas. Y las ganadoras, e este sentido, parecen ser las marcas que más conocemos.
En muchísimos casos las marcas que consumimos tienen claramente marcada la impronta de la casa paterna: La Serenísima y Sancor, Hellmann’s y Fanacoa, Coca Cola y Pepsi son parte de nuestra infancia y de la seguridad de estar atendidos por nuestros padres.
El hecho de no tener mucho tiempo para probar nuevos productos hace que nos aferremos a las marcas que se compraban en nuestras casas. Y muchas veces, a la de necesitar ayuda para saber sobre cuales son las marcas más convenientes con un fin determinado, es muy común que lo padres vuelvan a ser una referencia importante. Cuantas veces, si no tenemos la “marca – solución” en nuestra memoria, acudimos a ellos para que nos hagan una recomendación? Para muchos argentinos… bueno, muchas!
Así, vuelven a entrar a nuestros hogares marcas de tradición reconocida otra vez en nuestras vidas. De manera similar funciona el consejo de amigos y compañeros de trabajo, y el canal “boca en boca” se transforma en una vía privilegiada de comunicación.
La marca de un producto es su mejor garantía. No importa si mañana nos devuelven el dinero si algo no nos gusta, si nos devuelven la diferencia si encontramos un producto más barato… no importa nada más – ni nada menos – que la tranquilidad de que estamos comprando lo mejor que nuestro dinero puede pagar.
Las marcas que ganan? Las tradicionales. Las también conocidas como “primeras marcas”. Las de hoy y … de siempre? Hay una legión de empresas lanzando nuevos producto para entrar en los nuevos hogares. Así es la evolución.
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